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La paciencia, el arte de saber esperar

La cultura de la inmediatez, en la que todas las cosas deben estar limitadas por un corto marco de tiempo, es la que nos impone que los resultados deben ser inmediatos. El reloj, las prisas, medir los tiempos es lo que nos define en el momento en que vivimos.

La prisa es la que rige nuestras vidas y nos impone una presión adicional. Aunque nuestra época se caracteriza por la velocidad, en la que los cambios son vertiginosos, no debemos olvidar cómo nos afecta a las personas. Las prisas, la inmediatez actúa en nosotros como un virus, que nos va atacando poco a poco.

Estamos tan acostumbrados a vivir en esta rueda de la rapidez, en la que siempre nos faltan horas para conseguir llevar todas las cosas a término, que no nos detenemos a pensar qué consecuencias negativas tiene en nosotros.

De entrada, esta velocidad a la que estamos acostumbrados va de la mano de la impaciencia. En todas las cosas buscamos efectos inmediatos, y no estamos programados para saber esperar. No nos interesa medir los objetivos a largo plazo, porque necesitamos ver los resultados ahora.

Imagino que todo esto nos suena pero ¿nos detenemos a analizar cómo nos intoxica esta manera de vivir?

De entrada, esta cultura de la inmediatez nos causa frustración. Como no sabemos darnos una tregua para que llegue el desenlace, vamos sintiéndonos insatisfechos porque no vemos la rapidez de los resultados. Esta frustración y esta insatisfacción nos llevan a un estrés. Nos presionamos, nos precipitamos y nos agobiamos… y la suma de todo hace que nos agotemos y nos quedemos sin energía.

Estamos de acuerdo que la sociedad en la que vivimos no nos va a poner nada fácil reprogramar nuestra manera de fluir en ella, pero es esencial que invirtamos en nuestra calidad de vida. Estamos tan habituados a vivir nuestra vida como una carrera que nos aburrimos cuando nos detenemos a esperar. ¿La parte positiva? Que tenemos focalizados los problemas y nos será más sencillo darles solución.

Problema 1: la inmediatez nos agobia. Problema 2: no sabemos esperar. Ante ello ¿cómo debemos actuar? Si somos conscientes que las prisas no son buenas y que debemos ser pacientes, nuestra única solución es aprender a esperar.

Si la única solución está en la espera, nuestra lucha debe estar en cómo la afrontamos. La podemos vivir como un tormento o bien podemos centrarnos en tener una buena actitud mientras esperamos.

Vamos a imaginarnos una situación

 

Estamos frente a un cruce con distintos carteles que nos dan diferentes posibilidades.

Frente a este encrucijada tenemos diversas opciones, o bien nos detenemos a mirar detalladamente los carteles para saber cuál es la mejor opción a elegir o elegimos uno. Tomamos uno de los caminos y lo recorremos a toda pastilla. Si el camino no es el correcto, aunque lo conduzcamos a toda velocidad ¿de qué nos va a servir?

En realidad este ejemplo parece una tontería, pero si lo trasladamos a nuestro día a día, no nos alejamos tanto de las decisiones que tomamos. no sirve de nada ir deprisa si el camino no es el correcto.

Aquí entra en juego el arte de la paciencia. Ser paciente es bajarse de la era de la inmediatez. Es tomarte tu tiempo y reflexionar que si estamos en el camino correcto los resultados van a llegar en su justo momento.

Mientras tanto no nos debemos agobiar y debemos disfrutar del presente.

La paciencia se define como la calma o tranquilidad para esperar.

Es una de las grandes cualidades del ser humano porque demuestra una personalidad madura. Si nos detenemos en el origen de la palabra paciente ya se usaba para definir a aquellas personas enfermas o que sufrían. (Pati proviene del latín y significa que sufre.) Una persona paciente era aquella que sabía  sufrir y tolerar las adversidades con fortaleza y sin lamentarse.

Uno de los secretos de la paciencia es entender que no todas las cosas dependen de uno mismo. Que el ciclo de la vida reparte las cartas de juego y que se debe saber pasar con buena actitud por todas las contrariedades.

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